© Pirineum multimedi@, 5 Noviembre, 2001 6:39 PM
 
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Ibort, la última utopía
Texto y fotos: Ainhoa Camino


"Parado en el extremo de la calle, contemplé estremecido la soledad inmensa de la noche en torno mío. Escuché unos instantes: sólo mi propio aliento rompía apenas las láminas heladas e infinitas del silencio" (Julio Llamazares, "La luvia amarilla).

Un silencio que de este mismo modo, grandioso, elocuente y embriagador, debe sentirse por las recuperadas calles de Ibort, en los fríos atardeceres de invierno. Las losas de piedra cubren los senderos por donde antes sólo había hierba, las paredes y muros están ganando altura y las risas de los cinco niños que aquí viven rompen el apacible sonido de la calma que envuelve la vida de este pueblo.

Aguas abajo del río Gállego, en las cercanías de Sabiñánigo, donde el paisaje de pinos repoblados disimula los caminos y las vías de acceso, se encuentra el pueblo de Ibort. Núcleo abandonado desde los años 50-60, que ahora recupera la memoria gracias a sus nuevos inquilinos
Ibort es uno de esos núcleos rurales de la comarca de Serrablo que a partir de los años 40 vio cómo sus habitantes se marchaban a las ciudades o se morían, por lo avanzado de su edad. Sin demasiados miramientos, más bien con prisas, abandonaron las viviendas, los campos y, sobre todo, los recuerdos de un pueblo que se desperdigó por distintas zonas de la provincia oscense y, por "la gran capital", Zaragoza.
 

El regreso de la vida
Hoy en Ibort todavía impera el silencio. Pero ya no pesa sobre las espaldas de sus habitantes como esa lápida de mármol que empuja hacia el interior de la tierra. Hoy en Ibort, el sonido de los bongos, las palas y los picos que descansan en los muros y los juguetes abandonados, momentáneamente, susurran que la vida ha regresado a sus moradas.
Desde mediados de los años 80 un grupo amigos, "hartos de la vida en las grandes ciudades", comenta Raúl, uno de los 17 habitantes de Ibort, llegaron a estos núcleos despoblados. La idea que querían llevar a cabo, "un modo de vida distinto, sin agobios ni prisas", es lo que intentan desarrollar aquí, aunque al principio su "ocupación" no fuera muy bien vista.

Inicio del camino
Como la mayoría de los terrenos abandonados que se concentran en la comarca capitaneada por Sabiñánigo, una de las zonas de Huesca que mayor número de núcleos deshabitados tiene, la propiedad corresponde a la Diputación General de Aragón. Esto les produjo unos cuantos problemas y enfrentamientos, ya que para la administración autonómica los nuevos residentes estaban ocupando una propiedad privada, sin permiso. "Ahora tenemos una cesión por 20 años. Firmamos un papel diciendo que rehabilitaríamos el pueblo y no tenemos ningún problema", explica Raúl. "Nos dejan vivir tal y como queremos".
Los pocos campos que rodean al núcleo han sido cultivados. En los jardines de las casas las huertas proporcionan las verduras y hortalizas que aguardan en las mesas de los 17 habitantes de Ibort. Los faroles, aunque escasos, iluminan tenuemente el albergue, la entrada de la iglesia y algunas otras casas. También tienen gallinas y conejos y un horno donde hacen el pan.

Ninguno lleva reloj. Sólo los fines de semana, cuando los coches ocupan las campas anexas al pueblo, las actividades cotidianas de este colectivo de pacíficos revolucionarios varía. "Traemos grupos para hacer actividades deportivas. Escalada, mountabike, rutas... Y en verano organizamos campos de trabajo, con el colectivo "Artiborain"", comenta Raúl. Este colectivo agrupa a los habitantes de los otros dos núcleos rurales de Serrablo que viven del mismo modo que en Ibort; Aineto y Artosilla. Los tres han logrado durante en los últimos 15 años devolver la memoria a estos paisajes solitarios, abandonando la velocidad de la vida urbana por la plácida sensación de vivir de acuerdo a sus ideas.

GUIA PRÁCTICA
Acceso: Carretera 240 dirección Huesca. A la altura del Hostal de Ipas, tomar el cruce hacia Abena. Tras 10 minutos por la pista, un cartel indica el desvío.
Alojamiento:

Ibort dispone de un albergue, que consta de cocina de libre uso, para que los turistas se hagan su propia comida. 800 pesetas por noche y 100 por uso de cocina. Tlfn: 974 337 113
Lazos con el pasado
En los 13 años que Raúl lleva viviendo en Ibort ha visto ir y venir a unos cuantos. Pero nunca se ha sentido tan vinculado a la gente que visita el pueblo como cuando los antiguos habitantes, o descendientes de éstos, llenan las calles del núcleo. Desde hace un par de años, los actuales inquilinos de Ibort han tirado un lazo al pasado, uniendo la nueva vida de Ibort con los restos de los que aquí habitaron. "Para San Ramón Nonato celebramos las fiestas del pueblo, tal y como lo hacían antes. Uno de los días invitamos a los antiguos residentes, que agradecidos de recuperar una memoria que casi se había desvanecido, recorren las calles y las casas en las que dejaron sus recuerdos", señala Raúl.
Son momentos en los que los nuevos son los anfitriones y los viejos, los invitados. "A ellos les parece muy bien lo que estamos haciendo aquí. Es una manera de no perder las raíces", mantiene. Raíces que se dan la mano cuando, según narra Raúl, las abuelas, se lanzan por la tirolina del campanario. "Al principio no quieren, les da miedo y se niegan. Pero una vez que lo han probado, no sabes qué rápido vuelven a subir".
Con la nueva utilización que han dado a la nave de la iglesia, sala de entrenamiento, por así decirlo, la romería popular que celebraban en Ibort desapareció. Pero las habilidades de los 17 revolucionarios y el respeto que les merecen la memoria de los antiguos pobladores se materializaron en la construcción de una enorme cruz, que pusieron en la ladera de un monte cercano. "Cada año vamos allí en una especie de peregrinación. Los de antes, los de ahora y algunos que están de paso". Todos, como una piña, devolviéndole a Ibort lo que un día creía perdido, la memoria que, sin darse cuenta, dejan los que aquí viven o han vivido.