© Pirineum multimedi@, 22 Noviembre, 2007 12:16 PM
 
 

El Canfranero, camina o revienta (II)

Texto: Juan Gavasa. Fotografías: Gemma Arrugaeta y J. G. Reportaje publicado en la revista Jacetania

Jaca y el tren

Cuentan las crónicas de la época que cuando el tren llegó por primera vez a Jaca, en 1893, la empresa concesionaria del ferrocarril se indignó considerablemente porque ningún jacetano fue a recibir el nuevo y extraño artefacto. Había preparado un convite popular pero ante el escaso éxito del invento sólo invitó a los trabajadores. No es difícil imaginar el tremendovias impacto del tren en los jaqueses de finales del siglo XIX.

El panorama que observó el maquinista de aquel primer ferrocarril cuando se acercaba a la estación poco tiene que ver con el que se contempla hoy. La expansión urbanística de la ciudad ha dejado el edificio en medio de las nuevas zonas residenciales, y las vías se han integrado en el casco como una calle más.

Esta vez el tren ha parado en Jaca y se ha subido una pareja de avanzada edad. Por la sonrisa entusiasta de sus rostros, parece que están ante su bautismo ferroviario en el canfranero. Sonríen sin parar y miran a todos los lados, como si no quisieran perder ni un solo detalle del paisaje prometido. La máquina comienza la marcha y se adentra en el valle de Canfranc con paso firme pero discreto. Ha rebajado la velocidad ligeramente.

Hemos atravesado Castiello de Jaca, disfrutando de una panorámica privilegiada que no permite la carretera. Después de atravesar un largo túnel llegamos al viaducto con sus 28 arcos, una de las obras más notables del majestuoso Canfranc.

Pronto queda Villanua abajo y la vía alcanza su altura máxima. La carretera nacional parece minúscula y el valle se hace angosto y temerario. Canfranc Pueblo muestra las huellas descarnadas del incendio de 1944, aunque la reciente fiebre constructora hace que cada nueva casa sea como una tirita en la herida. Contemplando el paisaje hemos llegado a los Arañones y disfrutamos del momento único del acceso al anden de la estación internacional.

La expectativa es tan grande que surge el reconocible pinchazo de la frustración ante la soledad del recibimiento. Cómo no imaginar los tiempos de esplendor del edificio, cuando se mostraba a cada nuevo viajero insolente, vivo y orgulloso. El nerviosismo infantil de cruzar el túnel y viajar a Francia. El túnel existe pero ya no el tren. Nos subimos en el autobús que diariamente enlaza Canfranc con Oloron para completar este cuaderno de bitácora que siempre quedará incompleto.

ENTRE EL MITO Y LA LEYENDA

El Canfranc casi forma parte del universo mitológico de los altoragoneses. Hay tanto de verdad como de leyenda en su breve pero azarosa historia, sometida al inapelable juicio del tiempo de forma prematura y a la corrosiva exposición de su símbolo como un sentimiento que va más allá de lo racional.

En el Canfranc se han depositado frustraciones, complejos de inferioridad y todos los secretos inconfesables de los aragoneses. Ha sido el pañuelo donde se han secado las lágrimas de la incomprensión y el zaguán en el que muchos políticos han escondido su ineptitud. Fue un sueño a mediados del siglo XIX, una esperanza el día de su inauguración y una gran decepción casi todo el resto del tiempo. Un conocido político aragonés dijo con tino que el "Canfranc nunca tuvo buenos tiempos" y parece que la realidad se empeña en darle la razón. irrepetible, parece

Por todo esto y por mucho más el viaje en el "canfranero" no es un simple trayecto en tren. Abstraerse de todo lo que representa sería abaratar el valor de la memoria y hasta cierto punto concederle a otros ferrocarriles el privilegio de compartir la categoría que nunca tendrán.

El Canfranc es único, "un símbolo para todos los que amamos los trenes, primero está el Canfranc y después el resto", me aseguraba recientemente, con una rotundidad difícil de expresar por escrito, el historiador y especialista en trenes Carlos Teixidor. Viajar en un símbolo tiene que ser tan complejo de explicar como ser un mito. Los mitos, como los símbolos, son la piel que envuelve a los mortales, el aura que hace especial lo que nació en igualdad de condiciones.

Nada de eso se escapa a la experiencia íntima de viajar en el canfranero y recorrer su tramo más pintoresco e insólito, el que parte de Huesca y llega a Arañones casi tres horas después. El tiempo deja de tener un valor absoluto cuando te introduces en sus vagones, hay que asumir el viaje como un medio para alcanzar el placer, nunca como un medio para el transporte. Cuando las prisas se instalaron en la sociedad, se convirtió de inmediato en una maravillosa reliquia. Quizá siempre lo fue, mientras esperaba que alguien cambiara su destino.

Volver a la primera parte