© Pirineum multimedi@, 22 Noviembre, 2007 11:42 AM
 
 

El Canfranero, camina o revienta (I)

Texto: Juan Gavasa. Fotografías: Gemma Arrugaeta y J. G.

Nos subimos al tren para hacer el recorrido Huesca-Canfranc y alcanzar después Urdós en autobús. El viaje está lleno de melancolía y emoción. El abandono de las estaciones que encuentra a su paso y la escasa presencia de pasajeros sumerge al autor en una tristeza difícil de explicar. Los recuerdos y las historia pugnan con la triste realidad de una línea que nunca tuvo "buenos tiempos".


La nueva estación intermodal de Huesca es el único edificio que respira aires de modernidad en todo elNo hay demasiado movimiento en esta maņana de lunes de noviembre.   trayecto. Funcional y austero, carece de la intensidad vital de otras estaciones mayores, del ensordecedor murmullo de voces en despedida, de taconeos apresurados y llamadas por la megafonía. Es posible que las estaciones sean un reflejo de sus ciudades. Las hay vigorosas, nerviosas y tumultuosas, otras que son tímidas, discretas y silenciosas. La de Huesca es una de éstas.

No hay demasiado movimiento en esta mañana de lunes de noviembre. Acaba de salir un tren Altaria con destino a Zaragoza. De repente, han desaparecido las dos azafatas que daban la bienvenida a los pasajeros en la entrada del andén. Ese simple gesto de distinción se ha borrado de un plumazo cuando llegamos los tres viajeros que vamos a subir al canfranero. Está claro que somos clientes de segunda, como el ferrocarril en el que vamos a viajar. También ese andén parece haber retrocedido de categoría hasta quedarse nuevamente en una simple estación de provincias.

Los tres pasajeros nos hemos distribuido en dos de los tres vagones que componen el tren automotor de una sola pieza que RENFE ha reciclado para esta línea. No hay tumultos en el acceso ni embotellamientos en los pasillos, aunque le hemos roto el sueño a la joven que dormía plácidamente en la parte delantera. Con ella somos cuatros viajeros y el revisor, que acaba rápido su trabajo.

RUMBO A AYERBE

El primer tramo del trayecto atraviesa la comarca de Huesca, la parte más sencilla del recorrido. Aquí el tren se muestra ligero y atrevido, como si quisiera dejar en evidencia todas las leyendas sobre su impuntualidad, sus achaques y su senectud. No hay todavía noticias del Pirineo y eso se nota en la velocidad. En Plasencia del Monte el tren no se detiene, no hay ningún viajero que haya demandado sus servicios previamente.

Así seguiremos, rumbo a toda máquina hasta Ayerbe, donde nos detendremos diez minutos para esperar el cruce con el tren que viene de Jaca. La estación es todo abandono. Una adolescente con aspecto hippie y un señor de avanzada edad esperan silenciosos en uno de los bancos del anden. La estampa y el decorado acentúan los contrastes de una escena que bien podría pertenecer al universo de Almodóvar.

Nadie se ha subido al tren y el maquinista reemprende la marcha. El revisor aprovecha para dar una pequeña cabezada. Maneja los tiempos del viaje con el rostro aburrido de quien sabe perfectamente lo que va a pasar en los próximos minutos. Esa certeza relaja el espíritu, me imagino. En el interior no se oye más que el sonido monótono del tren. Fuera todo pasa por el filtro blanco de la niebla, cada vez más difusa.

HACIA EL PIRINEO

Avanzan los kilómetros y el paisaje se vuelve más agreste y bello, y crece la convicción de que estamos ante una soberbia obra del ser humano. Hemos dejado el llano oscense y nos dirigimos hacia el Pirineo. El tren torna cansino y extenuado su ritmo y por momentos de la sensación de que no va a dar más de sí. La vía se interna por estrechos corredores, por paredes rasuradas que encajonan la máquina y limitan la perspectiva. Según los túneles, y con cada uno de ellos el trayecto se empina un poco más. Es ahora cuando comienza a adquirir su verdadera dimensión el símbolo del Canfranc.

Es en estas primeras rampas, que anuncian la inminencia del Pirineo, donde la intervención del ser humano se hace palpable, donde se inicia el duelo entre el hombre y la naturaleza. En las cercanías de Riglos también toma cuerpo el valor social del tren como vertebrador del territorio. Muchos de los pueblos que atraviesa lo recibieron hace setenta años como el último eslabón que les podía unir a la modernidad, al desarrollo y a la esperanza de un futuro. Los Mallos de RiglosSe sacrificó el tiempo pero se aseguró entonces la vida de numerosas localidades.

Los mallos de Riglos asoman la cabeza entre los últimos estertores de la niebla. Aquí tampoco se para el tren, aunque reduce considerablemente la velocidad para atravesar con seguridad el corredor que cruza la vertical de los mallos. En los años 40 decenas de montañeros utilizaron el tren para viajar hasta el templo de la escalada y conquistar sus cumbres, hasta entonces inaccesibles.

Vamos ahora hacia el pantano de la Peña y Santa María. Los técnicos franceses que participaron a finales del siglo XIX en el diseño del trazado de la línea internacional siempre fueron claros con sus homólogos españoles: "hay que trazar una línea recta, el Canfranc sólo será viable si hacemos el trayecto más corto". Está claro que las cosas no se hicieron así y casi todos los estudiosos del ferrocarril coinciden en atribuir al tortuoso trazado español una de las razones de su fracaso. La Z que dibuja desde Huesca a Canfranc fue letal para su rentabilidad.

En Santa María vuelve a girar bruscamente a la izquierda camino de Anzánigo. Son zonas de escasa población y comunicaciones poco desarrolladas. El tren que trajo en los años 30 la prosperidad a todos esos pueblos, apenas es hoy un leve aliento incapaz de insuflar algo de esperanza. La preeminencia de la carretera de Somport como conexión hacia el Pirineo hirió de muerte a principios de los 80 los caminos históricos de Santa Bárbara y Oroel, precisamente los que sigue transitando el tren, cada vez más solitario.

En Caldearenas la maleza ha borrado las vías auxiliares. Fue una de las estaciones más Peña Oroelprósperas y febriles de la zona, pero esos fueron otros tiempos. Por aquí ya no pasan los obreros que venían todos los días desde Ayerbe para trabajar en la incipiente industria de Sabiñánigo. El pequeño hilo de vida que surca el Pirineo está repleto de memoria, pero de nada más.

Sabiñánigo ha remozado recientemente su estación. Aquí, como en Canfranc, el tren está indisolublemente unido a su historia. Se ha bajado la chica somnolienta y ya sólo quedamos los mismos tres viajeros que nos habíamos subido en Huesca. La parada es breve y el tren reemprende su marcha camino de Jaca. Cruzamos de la Val estrecha a la Val Ancha y vemos a la izquierda Collarada y a la derecha la Peña Oroel. Por unos minutos el trayecto recupera la horizontalidad y la máquina se toma un respiro. Queda lo peor, pero también lo más bello.