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Última actualización 13 Diciembre, 2007 9:53 h.

REPORTAJE

Benasque, el nuevo dorado

Texto y fotos: Juan Gavasa Rapún. Ruta publicada en la revista EL MUNDO DE LOS PIRINEOS
En Benasque durante muchas décadas el sueño de prosperidad estuvo al otro lado de la frontera, en Bagnères de Luchon. Hasta el majestuoso balneario viajaban los benasqueses en verano para admirar la señorial arquitectura de los edificios y recibir alguna influencia de la cosmopolita sociedad que tomaba los baños. Eran los años en que Benasque reivindicaba un túnel que uniera las dos vertientes y le despojara de su incierto destino agropecuario. En esa aspiración residía el futuro del valle. Hoy aquella vieja necesidad se ha olvidado y quienes promueven el paso transfronterizo son precisamente los políticos y empresarios de Luchon, que buscan en el sur un impulso a su decadente balneario. Parece que incluso del secular aislamiento y las desastrosas comunicaciones se extraen virtudes para atraer al turismo de calidad.

Vista de Benasque
Vista de la población

Benasque es el Cadaqués del Pirineo central. Hay quien expone la teoría económica de los ciclos para justificar la displicencia actual de los benasqueses, que disfrutan de una etapa de bonanza que no tiene posiblemente comparación en el resto del Pirineo aragonés. La capital del valle que baña el Ésera encabeza casi todos los índices que establecen los niveles de riqueza de la Comunidad Autónoma de Aragón. Después de Zaragoza es la localidad con mayor número de plazas hoteleras (4.461), su desarrollo urbano ha sido espectacular y su población se ha duplicado en la última década (de 600 a 1312 censados), un hecho insólito en el resto de la cordillera. Además, la edad media de sus habitantes es de 37 años, otro dato que sólo puede causar asombro. Benasque se sigue relacionando en el Pirineo con turismo de altura y todo el que se precie de estar a la última en esquí o montaña tiene que presumir de ser visitante habitual.

En sus calles hay restaurantes y tiendas de moda y deporte sólo al alcance de clientes con alto poder adquisitivo. Son buenos tiempos y eso se nota enseguida. La inyección de dinero público que realizó el Gobierno de Aragón en la estación de Cerler, que estuvo a punto de cerrar a mediados de los ochenta, marcó el despegue del pueblo y por extensión de todo el valle. Ahora la oferta turística se asienta sobre los dos pilares de la nieve en invierno y la montaña en verano, una privilegiada posibilidad que explica, por ejemplo, las más de 60.000 visitas que recibió la oficina de turismo el pasado año.

El núcleo urbano originario de estrechas callejuelas y plazas cerradas se mezcla con la nueva ortodoxia urbanística de pizarra, madera y piedra cara vista, una tendencia que nació de una loable voluntad conservacionista pero que corre el riesgo de abrumar. Mientras el cinturón del pueblo se ensancha, su interior es el resultado de una efervescencia constructora que no se detiene. Los edificios que mantienen su aspecto original, cada día menos, conviven con los de nueva creación y padecen la dudosa originalidad de algún arquitecto. Lo que hasta hace no muchos años eran casas espaldadas son hoy bloques invariablemente de dos plantas y los últimos solares esperan la probable visita de una excavadora.

Es la fotografía de un pueblo en ebullición. Pero hay cierta armonía y el conjunto ha logrado sobrevivir con dignidad al azote especulativo. Todavía es posible contemplar algunos ejemplos de arquitectura civil renacentista que revelan un pasado de esplendor como el Palacio de los Condes de Ribagorza, Casa Faure, Casa Albar o Casa Juste con su omnipresente torreón. La iglesia románica del siglo XIII es austera, de trazos rotundos y gran sencillez, como la arquitectura popular del valle, pensada ante todo para proteger. Pero la adorna una plaza interior que es, sin duda, uno de los rincones más acogedores del pueblo. Junto a ella está la plaza del ayuntamiento, ésta amplia y abierta, resguardada por un frondoso árbol que la habilita para ser el salón del pueblo, el lugar para la charrada de los abuelos y las carreras de los críos. Las angostas calles del Horno y San Pedro o la plaza de Sancho conservan la esencia de un pueblo que se levantó recogido para apaciguar los fríos inviernos que se sufren a 1.140 metros de altitud.

Hay una primera impresión de equilibrio y sosiego, de cierto buen gusto por lo estético y de compromiso con un paisaje que exige un cuidado extremo para no romper tanta belleza natural. El casco urbano mantiene su histórica forma elipsoidal pero poco a poco va adquiriendo desconocidos perfiles conforme crecen las nuevas urbanizaciones en el camino a la pedanía de Anciles. El pueblo se extiende junto al río Ésera en el ensanchamiento que adquiere el valle y que forma una especie de bolsa que se cierra de inmediato por el sur antes de afrontar el congosto de Ventamillo.

El núcleo urbano originario de estrechas callejuelas y plazas cerradas se mezcla con la nueva ortodoxia urbanística de pizarra, madera y piedra cara vista, una tendencia que nació de una loable voluntad conservacionista pero que corre el riesgo de abrumar. Mientras el cinturón del pueblo se ensancha, su interior es el resultado de una efervescencia constructora que no se detiene.
El núcleo urbano originario de estrechas callejuelas y plazas cerradas se mezcla con la nueva ortodoxia urbanística de pizarra, madera y piedra cara vista,.

El patués, el habla del valle
Este violento estrechamiento del valle y el puerto de Benasque por el norte aislaron la población y la moldearon durante siglos en una economía de subsistencia que generó rasgos singulares como la lengua, el patués, un híbrido de influencias aragonesas, catalanas, castellanas y autóctonas que hoy se intenta revitalizar a duras penas entre las nuevas generaciones.

Todo lo que antaño propició ese aislamiento es hoy la fuente de riqueza que mana con fuerza. Rodeado del mayor festival de tresmiles del Pirineo (Eristes, Posets, Aneto, Perdiguero, Maladeta, Ballibierna...), y pegado al Parque Natural Posets-Maladeta, Benasque está sin duda tocado por la gracia de la naturaleza. Todo alrededor es grandioso. Valero Llanas lo tuvo muy claro en los años treinta cuando decidió abrir el Hotel Benasque, germen de la vocación turística que hoy absorbe toda la actividad económica. Su nieta, Tere Sopena, mantiene la tradición familiar a través del grupo Hoteles Valero. Ha sido testigo del profundo cambio experimentado por Benasque en las últimas décadas: "aquí hemos pasado de tener ganado y gallinas y conejos en el corral a volcarnos completamente hacia el turismo. Ya no queda ganadería". Para ser exactos, sólo José Antonio de Casa Bringasort estabula todavía en el interior del pueblo sus vacas. Y sus paisanos le consideran el último representante de uno modelo de vida agotado. A la entrada del pueblo la familia Barrabés es el signo de la modernidad. Su tienda de deporte y montaña se ha convertido en un fenómeno que es analizado por economistas y expertos en comercio por internet. La tienda tradicional de la familia fue pionera en venta a través de la red y hoy es un referente indispensable en el universo cibernético. El pequeño pueblo que quería romper a principios de siglos sus fronteras naturales puede presumir en los albores del nuevo siglo de haberlo conseguido.

A la salida los hombres bailan el "ball dels omes".San Marsial, el santo que llegó de Limoges
La mañana del 30 de junio todo el pueblo sale a la calle para seguir a los mayordomos que bailan el "ball de Benás", que acabaría siendo el republicano Himno de Riego. Se homenajea al patrón antes de entrar a misa bailando emparejados primero, en círculo después y finalmente representando las "marradetas" con las castañuelas, que son de un tamaño mayor al habitual en el resto del Pirineo. A la salida los hombres bailan el "ball dels omes". Al día siguiente son ellas las que bailan el "ball de les dones" ante la imagen de San Marsial. Es la gran fiesta de Benasque.

Guayente, el núcleo cultural de Benasque
Hace veinte años las inquietudes culturales y educativas de un buen puñado de benasqueses culminó en la creación de la Asociación Cultural Guayente, un dinamizador social inagotable del que han nacido algunas de las iniciativas más interesantes realizadas en el valle en los últimos años. Guayente surgió fundamentalmente para frenar el desarraigo que había provocado la emigración de los años 60. Ernesto Durán, cura de Benasque desde hace veinte años y promotor de la Asociación, hizo posible junto al colegio La Salle de Zaragoza la creación de una Escuela de Hostelería de la que en este tiempo han salido más de 800 profesionales, muchos de ellos restauradores hoy de gran prestigio.

El deseo de buscar alternativas a los jóvenes del valle para que no tuvieran que buscar la prosperidad fuera cimentó un proyecto educativo que pronto fue copiado en otros lugares. En Guayente se fundó también años después el Centro de Integración Sociolaboral "El Remós", una innovadora experiencia destinada a personas con diversas discapacidades que tras muchos problemas presume hoy de ser una brillante realidad. De las doce personas que integran "El Remós", cinco ya han logrado un puesto de trabajo. En invierno dos de ellos trabajan en la estación de esquí de Cerler y en verano no dan abasto con las tareas de mantenimiento y acondicionamiento de los jardines de numerosos pueblos del valle. Se han formado para ello y en Benasque son una referencia. Desde diciembre atienden también el Garden Center, un comercio de plantas y artesanía en el que controlan todo el proceso de venta. Su directora, Benedicte Guettat afirma orgullosa que "ahora todos los pueblos del valle quieren que les cuidemos sus jardines".

 

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