REPORTAJE
Andorra: La tentación vive al lado
Entre España y Francia, en pleno corazón de los Pirineos, vive la tentación. Su nombre se asocia a una amplia oferta comercial y de nieve. Pero, Andorra es mucho más. Sea cual sea la forma con la que uno imagine sus más deseables apetencias, en este pequeño país encontrará todo para satisfacerlas. Naturaleza, cultura y progreso son los fundamentos de una tentación que vive justo al lado.
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Andorra |
Quizás el pasado de doble dependencia que ha tenido Andorra, al ser durante siglos (desde el XIII hasta el XX) coprincipado de Francia y España, sea el principal motivo del carácter de los andorranos. La diplomacia que esta población ha tenido que ejercer a lo largo de la historia y que ha germinado en la creación de un Gobierno propio, autónomo, dueño único de los derroteros de futuro a seguir, transciende la esfera política para adentrarse en la vida diaria de un pueblo de 468 kilómetros cuadrados de rica y variada superficie.
Andorra la Vella es el corazón latente y la tentación comercial por excelencia del país. Concentra más del 54% de una población que supera los 66.300 habitantes. Capital política, administrativa y cultural, el primer contacto con Andorra la Vella resulta bullicioso y no exento de caos. En las horas punta es aconsejable desplazarse a pie, ya que atravesar la capital andorrana puede llegar a costar una hora. Además, caminando es la mejor manera de recorrer y adentrarse en los más de 1.500 establecimientos comerciales que se concentran, principalmente, en torno a las avenidas Meritxell (patrona de los valles andorranos) y Príncipe Benlloch.
El especial régimen fiscal de Andorra, sin apenas impuestos, ha permitido e impulsado la creación de este “centro comercial”, donde la tecnología y las grandes marcas textiles, así como la joyería y la perfumería, son los productos más promocionados. Sin embargo, los andorranos, que hasta la fecha han alimentado y fomentado este aspecto, ahora luchan por quitarle importancia y por llevar la atención de los visitantes hacia otros aspectos de la oferta que presenta la capital. “No queremos ser las dos calles llenas de tiendas por las que nos conoce todo el mundo, aunque es verdad que nos lo hemos ganado a pulso”. Es el lamento general de los andorranos.
La construcción del mayor centro termolúdico del sur de Europa en años 90, Caldea, es el ejemplo más claro de la transformación que los andorranos quieren instaurar. Una apuesta por el ocio, el descanso y el relax al alcance de todos, pero con importantes dosis de calidad y elegancia. Aunque para conocer y adentrarse en el verdadero corazón de los andorranos, gentes de montaña, acostumbrados a las inclemencias del duro clima pirenaico y muy relacionados con el medio natural que los rodea, hay que salir de la capital y de las áreas por las que Andorra la Vella extiende su bulliciosa influencia, como sucede en Escaldes-Engordany.
Las otras seis parroquias (municipios) en que se divide administrativamente Andorra (Encamp, Sant Julià de Lòria, Massana, Canillo y Ordino), son el contrapunto ideal de la capital. El silencio y la naturaleza son los reclamos de unos pueblos que conservan y potencian, como principal legado histórico y cultural, una variada e importante arquitectura popular y religiosa. Los puentes y las iglesias románicas, caracterizadas por los esbeltos campanarios lombardos que hacen levantar la vista hacia las cumbres montañosas con las que conviven, y las casas de piedra granítica y pizarra permiten adentrarse en parajes de siglos pasados.
La ganadería y la agricultura, principales formas de vida hasta el boom económico que registró Andorra en la segunda mitad del siglo XX, subsisten en estos valles. Aunque hay que reconocer que el turismo de nieve y montaña, Andorra tiene más de 290 kilómetros de pistas repartidos en cinco estaciones de esquí, además de un centro de esquí de fondo, es el mayor reclamo para llenar estos valles y estos pueblos, que se van articulando a lo largo de las carreteras que se dirigen a los centros invernales.
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