© Pirineum multimedi@, 8 Agosto, 2001 7:13 PM
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El Pirineo impresionista de Sorolla

La Hispanic Society de Nueva York encargó a Joaquín Sorolla uno de los retos más importantes de su carrera pictórica, 14 lienzos en los que se recogiera la diversidad cultural de España. Entre otros lugares, Jaca, Ansó y el vecino valle navarro de El Roncal fueron inmortalizados por el rápido y meticuloso pincel del llamado pintor de la luz.

Texto: Ainhoa Camino

El único vestigio que queda en Jaca de la estancia de Joaquín Sorolla es una crónica de sociedad en la que se recoge la boda de su hija, María Clotilde, con el también pintor valenciano, Francisco Pons Arnau, el 7 de septiembre de 1914, en la catedral románica de la villa.

Sin embargo, el pintor impresionista estuvo entre 1912 y 1914 recorriendo los valles y pueblos pirenaicos de las cercanías y alrededores de Jaca. Las montañas de Canfranc, los elegantes trajes tradicionales de Ansó, las jotas, las fiestas, las romerías, los concejos y, como no, la luz y el viento quedaron plasmados en los bocetos, apuntes y estudios que el valenciano recogió en estas tierras pirenaicas y que inmortalizó en el cuadro titulado "La Jota".
El 20 de mayo de 1908 el Patronato de The Hispanic Society of America acuerda nombrar al pintor Joaquín Sorolla miembro de esta sociedad. Dos años después, y animados por el éxito que habían tenido las exposiciones del valenciano en Nueva York, Washington y Boston, entre otros lugares, le proponen que sea él quien se encargue de decorar los salones de la sede, una estancia de setenta metros de longitud por tres metros y medio de altura. La idea es elaborar una serie de cuadros sobre diferentes provincias de España.

El 30 de abril de 1911, Sorolla envía una carta al presidente de la Hispanic Society, Archer Milton Huntington, informándole de que acepta el encargo de pintar, en el plazo de cinco años, 14 paneles que recojan la diversidad cultural española. El contrato fue firmado el 26 de noviembre de ese mismo año. Así, entre 1012 y 1919 el pintor de la luz recorre todo el país realizando la gran obra de su vida y la que mejor refleja las costumbres de la España de la primera década del siglo XX.
Después de haber recorrido Sevilla, Sorolla vuelve a Madrid. Es en julio de ese año, 1914, cuando el pintor decide pasar las vacaciones estivales en Jaca, con su mujer y sus tres hijos, para elaborar los lienzos dedicados a Aragón y Navarra. A lo largo de sus anteriores visitas a la región pirenaica, el valenciano confirmó que "la encarnación máxima y más universal del espíritu aragonés se manifestaba en la jota". El tema ya estaba decidido. Los fondos y los protagonistas los irá añadiendo más tarde, creando un cuadro en el que unas figuras humanas reales se mezclan con unos paisajes sólo existentes en la mente del pintor.

Primeros contactos

La  primera estancia del valenciano a tierras pirenaicas se remonta a agosto de 1912. Durante ocho días Sorolla permanece en el valle navarro de El Roncal, recopilando apuntes para el lienzo que dedicará a la comunidad foral. El pintor recoge escenas individuales, pensando que después las trasladará a la obra definitiva. Para hacer este primer trabajo más fácil, el valenciano iba acompañado del fotógrafo jaqués Francisco de las Heras. Él se encargaba de inmortalizar algunas de las imágenes que dos años más tarde, y desde el improvisado estudio que el valenciano se instaló en Jaca, plasmaría en sus lienzos.
Fue ese mismo verano, cuando Sorolla se acerca a Ansó, en busca de la esencia del cuadro que dedicará a Aragón. Las calles del municipio altoaragonés, las gentes sencillas y, sobre todo, los distinguidos trajes ansotanos cautivaron al pintor de tal manera que, en una carta que envía a su esposa, escribe: "Ansó es admirable para pintar figuras; así es que cuando tenga que hacer estudios para el cuadro de Aragón volveré aquí". Y eso fue precisamente lo que hizo en el verano de 1914.

El estudio de Jaca

Los meses de julio y agosto del año 14, Sorolla los pasó en Jaca. La idea era localizar el fondo ideal para su lienzo, siguiendo la misma técnica empleada en El Roncal. La primera concepción que tuvo el valenciano para "La Jota" fue la de un grupo de maños bailando animadamente ante la portada de una iglesia monumental. Una imagen dinámica y alegre que contrastaba con la figura estática y casi monolítica de la mujer ansotana, que ya aparecía en el cuadro.
Esta idea persiste en otros bocetos, en los que Sorolla combina el baile y la fachada con el trasiego de animales de tiro y un impresionante fondo de las montañas pirenaicas, que fue componiendo con retazos de las cimas de Jaca, Ansó y de localidades cercanas a la villa jaquesa, como Canfranc, Villanúa o Castiello de Jaca. La luz que había captado en sus imágenes playeras vuelve a dar vida a las montañas pirenaicas en las que envuelve a sus personajes, "como si las montañas y esos hombres y mujeres estuviesen construidos de la misma sustancia, de la misma materia, unos y otros integrados en un conjunto duro, frío y severo".
Este periodo fue uno de los más fructíferos y más vitales de la carrera pictórica del valenciano. De los apuntes tomados en las anteriores visitas pirenaicas, destacan varios estudios de hombres y mujeres ansotanos que fueron elaborados desde el estudio de Jaca, con la ayuda de sus bocetos y apuntes, de las fotografías tomadas por Francisco de las Heras y de la visita que volvió a realizar a Ansó, hacia finales de agosto. Precisamente, uno de esos estudios geográficos de las cercanías de Jaca fue el regalo de bodas que Sorolla realizó a su hija María Clotilde, el 17 de septiembre de 1914, cuando se casó en la catedral de Jaca. A su dorso el pintor escribió, "A mi hija María Sorolla. 7 de septiembre 1915. Jaca". Quizá la alegría del enlace hizo que el valenciano se confundiera de año.
A mediados de septiembre, Sorolla abandona Jaca. El resultado final de "La Jota", mezcla de realidad y ficción, en la que los personajes ansotanos predominan, es un canto a la alegría, al buen humor seductor y socarrón del montañero, al ligoteo propio de las romerías. Para Sorolla, la encarnación más universal del espíritu aragonés. Tras finalizar esta ingente tarea, sorolla sufrió un ataque de hemiplejía. Tres años después, falleció.