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RELOJES
CLANDESTINOS
Cuenta
una leyenda que los relojes de la Franche Comté eran resistentes
al tiempo, al trabajo y al polvo. Unas máquinas de contabilizar
el paso del tiempo, realizadas en el siglo pasado, que conservan
su brillo, su lustro y su perfecto funcionamiento, decorando muchas
de las antiguas casas del Pirineo Aragonés.
Texto:
Ainhoa Camino
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Tomás
Borau, relojero
de Biscarrués, clava
la mirada en uno de los relojes que está reparandoactualmente. En
su esfera, inmaculadamente blanca, el nombre de "Olorón"
delata que es de origen francés. Pero esta denominación es cierta
a medias. Porque éste, como la mayoría de relojes de pared que se
conservan en muchas antiguas casas del Pirineo Aragonés, fue fabricado
en la Franche Comté. Una antigua
región francesa, situada en el noreste del país galo, compuesta
por los actuales departamentos de Jura, Doubs y Haute Saône, que
se hizo famosa por la fabricación de relojes de péndulo o de pared.
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El
de Biscarrués señala que "este reloj
me lo trajo un anticuario y según me comentó, lo trajo el abuelo
de la familia que lo se ha vendido desde Francia. En el siglo pasado
este tipo de relojes eran muy preciados por toda la zona pirenaica
y muy abundantes, también".
Ese
es sólo uno de los muchos relojes que atravesaron de incógnito
la frontera pirenaica y que hoy se pueden encontrar en
casas, bares, restaurantes o joyerías del Pirineo aragonés, en constante
movimiento y anunciando cada 15 minutos, con un toque de campana,
que ya ha transcurrido un cuarto de hora.
Este
"comercio" se concentró sobre todo a mediados
del siglo XIX, cuando las fronteras entre Francia y España
comienzan a asumir su función de barrera política y social. Es decir,
cuando se asientan las bases de los modernos estados centrales y
éstos empiezan a controlar el comercio tradicional.
Comercio
Interpirenaico
Muchos
comerciantes de Pau, Olorón o Tarbes,
atraídos por la exquisitez de los relojes de Morez, también denominados
Comteise o Morbier, que popularizaron los hermanos Mayet, encargaban
a los fabricantes del noreste galo su construcción. Una
vez en el Bearn, los del sur de Francia ponían el sello de su tienda
y los vendían. Entre sus compradores había bastantes
altoaragoneses que o bien estaban viviendo temporalmente allí, por
motivos de trabajo, o bien se dedicaban a cruzar la frontera con
todo tipo de objetos, desde cigarrillos hasta azúcar, sal o animales
para el trabajo, como mulas o vacas. Una práctica habitual, para
aquellos hombres que durante años habían mantenido más relaciones
comerciales y económicas con sus vecinos del otro lado de la cordillera
que con los del llano, y que fue uno de los principales motores
económicos y de enriquecimiento de los pueblos de ssla cordillera
pirenaica.
Uno
de los objetos más preciados que habitualmente transportaban eran
precisamente estos relojes galos. Un accesorio de lujo para los
pueblos pirenaicos de la vertiente sur, que no podían adquirirlos
de otro modo ya que aquí, en España no se fabricaban. Y, "si
lo hacían, era mucho más caro que en Francia, donde la industria
era mucho más importante y estaba más desarrollada", explica
Ismael Angulo, anticuario de Barbastro. Pero, ¿cómo llevar estas
pesadas, aparatosas y visibles máquinas sin que los aduaneros sospechasen
de su presencia?
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El
transporte
Ángel
Mesado, relojero jaqués, comenta cómo "sólo compraban la maquinaria
del reloj. Es decir, las
manecillas, la esfera, el péndulo y el resto de piezas que componen
el "motor", por así decirlo, del reloj. Esssto lo ocultaban
en el fondo de las alforjas que transportaban los machos y así evitaban
levantar sospechas".
Según
apunta Tomás Borau, "ni si quiera llevaban los pesos, ya que
sería una carga extra y complicaría el viaje. Además, hay que tener
en cuenta que estos elementos encarecían el precio y en numerosas
ocasiones eran sustituidos por piedras o trozos de hierro, que ya
adquirían en España". Con esta táctica, se evitaban transportar
las cajas, de unos dos metros de altura y sólo escondían los 22’5
x25 centímetros que ocupa la maquinaria.
Una
vez en territorio español se encargaba la caja a los carpinteros
de la zona. Una práctica que en opinión de estos dos relojeros,
"afea un poco la majestuosidad de
los relojes". Ya que al abrir una caja poco pulida,
escasamente decorada y lejos de ser la madera noble del roble con
la que los franceses los vestían, aparece un complejo mecanismo
de ruedas, argollas y tuercas de metal, cuya reparación precisa
de las expertas manos de los artesanos relojeros.
A
pesar de todo esto, Severino Pallaruelo narra en el prólogo del
libro "Historias de Contrabando en el Pirineo Aragonés",
que estas máquinas clandestinas eran "lo
único fino que había en cada casa pirenaica: La esfera de porcelana
blanca con números góticos, el latón dorado que rodeaba las cifras
coronado por un relieve de espigas y de segadoras alegres, el péndulo
multicolor de perfecta cadencia racionalista en sus pasos siempre
iguales y el din-din agudo repetido cada cuarto de hora, cada media
hora, cada hora".
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Exclusividad
pirenaica
Los relojes clandestinos, de contrabando o como muchos propietarios
dicen "la herencia que nos trajo el
abuelo de Francia", son casi exclusivos del territorio
pirenaico. En el valle del Aragón, el Alto
Gállego, los valles de Ansó y Echo y en el Sobrarbe es muy habitual
encontrar relojes "made in Olorón". Por lo
general, según cuenta Ismael Angulo, anticuario de Barbastro, "estos
relojes están muy localizados en los pequeños núcleos rurales, más
que en las grandes poblaciones pirenaicas". Además,
aclara el anticuario que "en el Somontano Bajo, aunque se suele
encontrar alguno, lo que más se estilaba eran los relojes que se
cuelgan en las paredes y que se fabricaban en Cataluña". "Es
cuestión de proximidad", sentencia.
Aunque según comenta Tomás Borau, "yo he reparado relojes que
me los han traído de Fraga, Sariñena o Alcolea, y todos llevaban
impreso el nombre de Olorón o Pau". Esto,
según señala el relojero de Biscarrués, puede deberse al hecho de
que "algunas fondas donde descasaban
los "contrabandistas" estaban situadas más abajo del territorio
propiamente pirenaico, como es el caso de Biscarrués, donde había
una y en la que muchos paraban antes de continuar su camino hacia
Zaragoza". Sin embargo, Angulo apunta que "algunas
familias, cansadas de llevar a reparar estos relojes cada dos por
tres, los venden y por eso puede ser que haya algunas piezas en
localidades lejanas a la cordillera". Una casualidad, según
los anticuarios, que responde más a motivos de mecánica que ha cuestiones
económicas. Ya que aunque estos relojes, "si funcionan y dependiendo
del tipo de mobiliario con el que esté ornamentado", explica
el anticuario de Barbastro, pueden llegar a adquirir un valor entre
las 100.000 y las 150.000 pesetas, "el valor sentimental que
tienen es realmente incalculable", agrega.
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