© Pirineum multimedi@, 8 Agosto, 2001 7:12 PM
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RELOJES CLANDESTINOS

Cuenta una leyenda que los relojes de la Franche Comté eran resistentes al tiempo, al trabajo y al polvo. Unas máquinas de contabilizar el paso del tiempo, realizadas en el siglo pasado, que conservan su brillo, su lustro y su perfecto funcionamiento, decorando muchas de las antiguas casas del Pirineo Aragonés.
Texto: Ainhoa Camino

Tomás Borau, relojero de Biscarrués, clava la mirada en uno de los relojes que está reparandoactualmente. En su esfera, inmaculadamente blanca, el nombre de "Olorón" delata que es de origen francés. Pero esta denominación es cierta a medias. Porque éste, como la mayoría de relojes de pared que se conservan en muchas antiguas casas del Pirineo Aragonés, fue fabricado en la Franche Comté. Una antigua región francesa, situada en el noreste del país galo, compuesta por los actuales departamentos de Jura, Doubs y Haute Saône, que se hizo famosa por la fabricación de relojes de péndulo o de pared.

El de Biscarrués señala que "este reloj me lo trajo un anticuario y según me comentó, lo trajo el abuelo de la familia que lo se ha vendido desde Francia. En el siglo pasado este tipo de relojes eran muy preciados por toda la zona pirenaica y muy abundantes, también".
E
se es sólo uno de los muchos relojes que atravesaron de incógnito la frontera pirenaica y que hoy se pueden encontrar en casas, bares, restaurantes o joyerías del Pirineo aragonés, en constante movimiento y anunciando cada 15 minutos, con un toque de campana, que ya ha transcurrido un cuarto de hora.
E
ste "comercio" se concentró sobre todo a mediados del siglo XIX, cuando las fronteras entre Francia y España comienzan a asumir su función de barrera política y social. Es decir, cuando se asientan las bases de los modernos estados centrales y éstos empiezan a controlar el comercio tradicional.

Comercio Interpirenaico

Muchos comerciantes de Pau, Olorón o Tarbes, atraídos por la exquisitez de los relojes de Morez, también denominados Comteise o Morbier, que popularizaron los hermanos Mayet, encargaban a los fabricantes del noreste galo su construcción. Una vez en el Bearn, los del sur de Francia ponían el sello de su tienda y los vendían. Entre sus compradores había bastantes altoaragoneses que o bien estaban viviendo temporalmente allí, por motivos de trabajo, o bien se dedicaban a cruzar la frontera con todo tipo de objetos, desde cigarrillos hasta azúcar, sal o animales para el trabajo, como mulas o vacas. Una práctica habitual, para aquellos hombres que durante años habían mantenido más relaciones comerciales y económicas con sus vecinos del otro lado de la cordillera que con los del llano, y que fue uno de los principales motores económicos y de enriquecimiento de los pueblos de ssla cordillera pirenaica.
Uno de los objetos más preciados que habitualmente transportaban eran precisamente estos relojes galos. Un accesorio de lujo para los pueblos pirenaicos de la vertiente sur, que no podían adquirirlos de otro modo ya que aquí, en España no se fabricaban. Y, "si lo hacían, era mucho más caro que en Francia, donde la industria era mucho más importante y estaba más desarrollada", explica Ismael Angulo, anticuario de Barbastro. Pero, ¿cómo llevar estas pesadas, aparatosas y visibles máquinas sin que los aduaneros sospechasen de su presencia?

El transporte

Ángel Mesado, relojero jaqués, comenta cómo "sólo compraban la maquinaria del reloj. Es decir, las manecillas, la esfera, el péndulo y el resto de piezas que componen el "motor", por así decirlo, del reloj. Esssto lo ocultaban en el fondo de las alforjas que transportaban los machos y así evitaban levantar sospechas".
Según apunta Tomás Borau, "ni si quiera llevaban los pesos, ya que sería una carga extra y complicaría el viaje. Además, hay que tener en cuenta que estos elementos encarecían el precio y en numerosas ocasiones eran sustituidos por piedras o trozos de hierro, que ya adquirían en España". Con esta táctica, se evitaban transportar las cajas, de unos dos metros de altura y sólo escondían los 22’5 x25 centímetros que ocupa la maquinaria.
Una vez en territorio español se encargaba la caja a los carpinteros de la zona. Una práctica que en opinión de estos dos relojeros, "afea un poco la majestuosidad de los relojes". Ya que al abrir una caja poco pulida, escasamente decorada y lejos de ser la madera noble del roble con la que los franceses los vestían, aparece un complejo mecanismo de ruedas, argollas y tuercas de metal, cuya reparación precisa de las expertas manos de los artesanos relojeros.
A pesar de todo esto, Severino Pallaruelo narra en el prólogo del libro "Historias de Contrabando en el Pirineo Aragonés", que estas máquinas clandestinas eran "lo único fino que había en cada casa pirenaica: La esfera de porcelana blanca con números góticos, el latón dorado que rodeaba las cifras coronado por un relieve de espigas y de segadoras alegres, el péndulo multicolor de perfecta cadencia racionalista en sus pasos siempre iguales y el din-din agudo repetido cada cuarto de hora, cada media hora, cada hora".

Exclusividad pirenaica

Los relojes clandestinos, de contrabando o como muchos propietarios dicen "la herencia que nos trajo el abuelo de Francia", son casi exclusivos del territorio pirenaico. En el valle del Aragón, el Alto Gállego, los valles de Ansó y Echo y en el Sobrarbe es muy habitual encontrar relojes "made in Olorón". Por lo general, según cuenta Ismael Angulo, anticuario de Barbastro, "estos relojes están muy localizados en los pequeños núcleos rurales, más que en las grandes poblaciones pirenaicas". Además, aclara el anticuario que "en el Somontano Bajo, aunque se suele encontrar alguno, lo que más se estilaba eran los relojes que se cuelgan en las paredes y que se fabricaban en Cataluña". "Es cuestión de proximidad", sentencia.
Aunque según comenta Tomás Borau, "yo he reparado relojes que me los han traído de Fraga, Sariñena o Alcolea, y todos llevaban impreso el nombre de Olorón o Pau".
Esto, según señala el relojero de Biscarrués, puede deberse al hecho de que "algunas fondas donde descasaban los "contrabandistas" estaban situadas más abajo del territorio propiamente pirenaico, como es el caso de Biscarrués, donde había una y en la que muchos paraban antes de continuar su camino hacia Zaragoza". Sin embargo, Angulo apunta que "algunas familias, cansadas de llevar a reparar estos relojes cada dos por tres, los venden y por eso puede ser que haya algunas piezas en localidades lejanas a la cordillera". Una casualidad, según los anticuarios, que responde más a motivos de mecánica que ha cuestiones económicas. Ya que aunque estos relojes, "si funcionan y dependiendo del tipo de mobiliario con el que esté ornamentado", explica el anticuario de Barbastro, pueden llegar a adquirir un valor entre las 100.000 y las 150.000 pesetas, "el valor sentimental que tienen es realmente incalculable", agrega.