© Pirineum multimedi@, 22 Noviembre, 2001 6:41 PM
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Los mallos de Riglos siempre han tenido una atracción especial. Rojos, inmensos y fuertes, se levantan como gigantescos cigarros de arena húmeda que un niño ha hecho en la orilla de la playa. Se han fotografiado, descrito, pintado y escalado. Pero la piedra que los compone también sirve para plasmar su onírica imagen en la losa que decora el patio interior del refugio Chancábez, en Murillo de Gállego. Una piedra que, según su autor y uno de los dos propietarios del albergue, Fernando Torralba, "habla y te indica con sus formas, sus colores y sus fisuras, por dónde se puede tallar". Texto y fotos: Ainhoa Camino

Fernando es un joven cantero de 36 años que nació en Zaragoza, vive en Ayerbe y trabaja en Murillo. Pero su corazón está en el pueblo que blanco y desafiante se aposenta a los pies de los Mallos. "Mis padres son de Riglos, de casa Tornero, y para mí, los Mallos siempre han sido esa imagen que tenía que tallar".
Los primeros intentos fueron simples bocetos sobre cualquier piedra. Estuvo mucho tiempo pensando cómo hacerlo, cómo reproducirlos y cómo darles esa vida propia que poseen. Al final lo consiguió, pero por poco tiempo. Ya no está conforme. Ahora su mente está trabajando en la reproducción tridimensional de los gigantes de Riglos.
Los inicios de Fernando como cantero se remontan al año 91. En su familia nadie se había dedicado a tallar la piedra y a él le sorprendió la idea de realizar un curso sobre cantería. Hace nueve años se apuntó a la escuela taller Joaquín Costa, del ayuntamiento de Huesca. Bajo el cincel del maestro Pedro Ania, cantero de Calatorau, empezó a sumergirse en el duro trabajo de la piedra. Ahora, tras haber recogido la tradición que el maestro le expuso, busca nuevas maneras de ganarse la vida a cambio de piedra tallada.

"El problema de este trabajo es que requiere mucho tiempo de dedicación. No se puede abandonar la práctica por un largo periodo de tiempo. Se pierde habilidad en la muñeca y cuesta mucho volver a coger la misma velocidad que se había alcanzado", señala Fernando. Para llegar a ser un auténtico maestro cantero son necesarios años de experiencia y estudio. "Auténticos maestros de cantería quedan muy pocos. Hace cinco siglos, los hombres reconocían a simple vista una piedra buena y cuál era el mejor modo de trabajarla. Pero seguramente no sabían nada más del mundo que no fuera roca y herramientas. Hoy hay que compaginar las dos cosas"

El trabajo de cantero es bastante desconocido. "No se trata sólo de picar la piedra para darle una u otra forma. Es más polifacético". Elaboración de escudos y cruceros, rehabilitación de columnas, fachadas y paredes, construcción de fuentes, bancos y esculturas, creación de objetos decorativos, tallar números o carteles para las entradas de las casas, reconstrucción de escaleras y calzadas… "
Una gran variedad de trabajos que requieren mucho tiempo y no siempre están bien valorados a los ojos del cliente".

La piedra que talla Fernando la obtiene casi siempre de una cantera cercana al puente de Murillo. "Normalmente la pido cortada, o sea, en bloques, o serrada, con forma plana, para la elaboración de escudos y otras obras en forma de losa". Pero su inquietud y el afán por mejorase le han llevado a utilizar material reciclado, como las piedras de las casetas del tren abandonadas.
"Cuando tengo un boceto en la cabeza y tengo que plasmarlo, a veces lo dibujo, pero otras comienzo a tallar directamente". Aunque, para inspirarse necesita tener delante la imagen que va a reproducir en la losa.
El cantero de casa Tornero dice que un buen profesional se pasa el día pensando en mejorar su método de trabajo. "Cómo darle mayor profundidad a una figura, cómo reproducir los dibujos amorfos del románico, cómo dejar la columna como en el siglo XVI. Son horas que inviertes perfeccionándote. Un cantero está las 24 horas del día pensando en la piedra. Por eso yo soy un caso peculiar. Trabajo la piedra, pero también soy hotelero y no dedico todo el tiempo que quisiera a tallar". Sin embargo, su obra se extiende por muchas poblaciones del "prepirineo oscense occidental", como él dice. Loarre, Riglos, Murillo, Loreto, Ayerbe, Huesca capital, Cillas… Creaciones que reflejan una personalidad inquieta, mezcla de tradición y modernidad, en las que a los diseños más vanguardistas les aplica técnicas de toda la vida, con herramientas que casi se han dejado de utilizar, y enseñanzas antiguas: "La piedra tiene vida propia. Colores, formas, sonidos, que sólo un maestro, y yo no lo soy, sabe interpretar echándole un breve vistazo".

 

Alma de artista
manos de artesano

El trabajo de Fernando Torralba es ecléctico. El cantero de Calatorau, Pedro Ania, le transmitió los conocimientos necesarios para darle a la piedra un aspecto elegante y original, que exige el uso de herramientas antiguas y manuales, en lugar de la realización industrial. En la mesa de su taller, como en la de todo buen artesano, se encuentra el tallante, una de las herramientas más antiguas, propia del románico, con forma de hacha de dos filos.
"Se utiliza para dar la última labra a la piedra. Son trazos alargados y limpios, que hay que emplear en muchas rehabilitaciones de casa antiguas", señala Torralba.
También están el escarfilador, para seccionar las piedras, el cincel, que da forma a las esquinas, y el puntero para labrar los recovecos internos. Además, trabaja con el piquero para puntear la piedra en vasto. "El dibujo resulta más dilatado y ancho que con el tallante", aclara el cantero. Y, finalmente, la almádena, que la utiliza para desdoblar las piedras y abrirlas en dos.
Pero Fernando tiene un carácter bohemio. Vive en un piso del antiguo palacio de los marqueses de Urríes en Ayerbe, aparentemente inhabitable desde fuera. Es un artista que busca rentabilizar sus trabajos con la heráldica y crear nuevas salidas a un oficio anclado en la tradición. "Hay que buscar salidas creativas si se quiere vivir de esto", señala.  Y por eso, su mente trabaja para encontrar nuevas ideas en piedra. "Quiero hacer una reproducción del castillo de Loarre, pensé en hacer una seta gigante para adornar la ladera de un monte, que hubiera entrado en el libro "Guinness", e incluso se me ocurrió tallar la marca "Nike" en piedra y presentarla en la fábrica, para que la utilizaran en algún anuncio o campaña publicitaria". Un complejo mundo que parte de la tradición para caminar hacia la innovación artística.

Sacar la cara original

El albergue Chancábez es un caserón del siglo XV. Según cuenta Fernando, antes perteneció a la iglesia, pero tras unos años abandonado pasó a convertirse en un refugio. Hace tres años, Fernando y un amigo decidier on darle su aspecto original y convertirse en sus dueños. La reconstrucción les llevó dos meses y medio. Poco tiempo, si tenemos en cuenta que las tareas que realizaron fueron sacar la pared original, labrar las columnas como en el siglo XV, limpiar el suelo y reconstruir las escaleras y los detalles que antes estaban bajo la pintura blanca que cubría los tres pisos del edifico. "No entiendo por qué mucha gente tapa la piedra, se estropea, pierde carácter y autenticidad". El patio interior fue el que más trabajo necesitó. "Las columnas son vigas maestras. Todo el peso de la casa recae sobre ellas. Tuvimos que sacarlas desde el patio hasta el tercer piso y la última parte fue bastante complicada, porque tienen forma de cono y van reduciendo el tamaño, adentrándose en la pared". Además, existen dos dibujos diferentes en los pilares de la casa. "Por un lado está el tallante, que también se podía observar en el arco de entrada y en la fachada y casi toda la pared, y por otro lado el piquero, que también es manual, pero más vasto". Pero la casa les deparaba una sorpresa, que algunos que desconocen su origen, atribuyen a las manos de Fernando. "En el arco apareció una inscripción hebrea. Algunos piensan que es mi firma, porque la ha dejado al descubierto. Pero es para que los arqueólogos hagan la cata y determinen la fecha exacta de la inscripción y parte de los elementos con los que está construido". Uno de estos elementos es la argamasa almacenada durante cuarenta años. Según el cantero es el mejor material para unir las juntas de las piedras. "El actual cemento daña la roca, pero sería estúpido crear una empresa que se dedicara a almacenar la argamasa para venderla dentro de 40 años. Seguro que la ciencia sacará algún elemento que acelere este proceso".