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Última actualización 19 Diciembre, 2007 19:15 h.

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GASTRONOMÍA

REPORTAJE:

José Antonio Pérez Añaños, maestro organero:

“Hacer un órgano nuevo es una paliza y yo ya no tengo fuerzas”

Luisa PUEYO

José Antonio Pérez Añaños, el organero de Berdún, se acaba de jubilar no porque éste fuera su deseo, sino por una cuestión de salud. Su última obra, el nuevo órgano de la iglesia de San Pedro de Siresa, ha sido la que definitivamente le ha advertido de que no podía continuar. “Hacer un órgano nuevo es una paliza y la edad no perdona, es la peor enfermedad”, comenta este maestro autodidacta que llegó a organero después de haber aprendido, con teoría y en la práctica, dibujo industrial, tecnología, carpintería, mecánica, electricidad y metalurgia, y ser también músico por voluntad propia y porque le venía en los genes.

Lo de jubilarse no quiere decir que deje de trabajar. En la intimidad de su taller de Berdún, con grandes cristaleras por las que entran la luz natural a raudales y el amplio paisaje de la Canal, José Antonio Pérez Añaños explica con su hablar pausado que piensa terminar en un par de años un órgano grande, del que tiene ya bastantes piezas concluidas, y otro pequeño, pero lo hará “a mi ritmo, sin presiones”, sólo porque su oficio es tan vocacional que no quiere perderlo de la noche a la mañana.

Añaños en su taller
Foto:Añaños en su taller en 2006.

A él llegó casi por casualidad, como regresó a Berdún por azares del destino, con el objetivo de ser restaurador y constructor de órganos, así como de claves y espinetas. Era el regreso de quien más que ser viajero –llegó a vivir tres años en la ciudad australiana de Melbourne-, estaba deseoso de aprender.

El periplo había comenzado cuando tenía 15 años y en su Berdún natal su familia le aconsejó que fuera a estudiar formación agrícola y ganadera a un internado de Cogullada. “Mi hermano mayor, Arturo, era el heredero. Yo acababa de dejar la escuela y me preguntaba qué iba a hacer en Berdún, así que me fui a Cogullada, pero sólo duré un curso”, porque parece que lo agropecuario no era lo suyo.

Decidió marcharse a Barcelona, donde vivía una prima hermana con su marido, y compaginó su trabajo con los estudios en la Escuela Industrial, “donde hice cinco cursos, tres de oficial y dos de maestro. Saqué Maestría Industrial en la rama de metal”. “Yo tenía mucho interés por aprender y me compraba libros técnicos de todo tipo. Dejé el taller en cuanto acabé de estudiar, porque estaba de Barcelona hasta las narices. Con 20 años, entró a trabajar en la Hispano-Olivetti, “una empresa que fabricaba ordenadores, máquinas de escribir,... Estaba en la plaza de las Glorias y recuerdo que era terrible ir allí en metro. Toda la gente salía de trabajar a la misma hora y te aplastaba. Yo era un crío y no podía ni respirar. En la primera parada me sacaban fuera del vagón, aunque no quisiera. Me lo pensé bien, mandé a freír churros el trabajo y me vine e Berdún, donde estuve algunos meses ayudando a mis padres a segar y a trillar”.

La siguiente etapa de su  peregrinaje laboral fue Zaragoza. Tenía 21 años. Empezó con “pequeños trabajos para ganarme la vida”, como montador de motores eléctricos, tornero,... y mientras “estudiaba el curso de selectividad para Ingeniería. Pero me cogió la mili, que la hice en Jaca, y se fastidió”. Sin embargo, tuvo entonces su primer contacto con un órgano, y fue el de Berdún. “Mi amigo Miguel Ángel estaba en Berdún y le dijimos al cura que íbamos a limpiar el órgano. ¡Qué cantidad de porquería sacamos y cómo nos pusimos! Pero lo limpiamos todo, parcheamos los fuelles,  porque se iba el aire por todas partes, y con los tubos que había hicimos funcionar cuatro juegos”. Así fue como “conocí por entero el mecanismo de un órgano”.

De vuelta en Zaragoza, leyó en la prensa el anuncio de que se necesitaba un maestro industrial para la fábrica de aluminio de Sabiñánigo. “Me presenté y me admitieron. Durante un año llevé todo el mantenimiento de la fábrica; aprendí mucho”, antes de volver a cambiar de destino. Regresó a Barcelona y entró a trabajar en Seat, en “mantenimiento de máquinas automáticas, donde estuve hasta que me cansé y me fui a Melbourne”. Era la primera vez que hacía realidad su deseo de conocer otros países, porque en una ocasión, después de hacer la mili, se había  planteado ir a Canadá, “pero con esto de cruzar el Atlántico, me rajé”.

La aventura australiana
No tuvo reparos en irse a Australia. Todo había comenzado con una conversación entre compañeros, en la que se habló de que había una oficina en la plaza Urquinaona donde  orientaban sobre el trabajo en aquel país. Se entrevistó con un técnico, quien al conocer su currículum le aseguró que tenía todas las garantías de encontrar trabajo. “Iba sin contrato ni gaitas, pero me defendía en inglés, sobre todo para hablar”, y sobre todo, iba con Hillary, su mujer, una escocesa a quien había conocido en Berdún cuando ella hacía un curso de pintura. “Menos mal que ella viajó conmigo. Si no, me hubiera sentido perdido. ¡Se está tan solo allí! Hay muy pocos españoles, pero muchos italianos y griegos. Dicen que Melbourne es la segunda ciudad del mundo donde hay más griegos, después de Atenas”. En Australia, trabajó en un taller de montaje de grúas hidráulicas telescópicas y debía permanecer al menos tres años, ya que “el viaje lo habíamos hecho en avión, subvencionado por el Gobierno australiano, y si regresabas antes de ese tiempo tenías que devolver el dinero”. Una vez allí, empezó a trabajar en casa “con maderitas que me cortó como yo quería un carpintero muy amable”, y construyó lo que sería su primer órgano, “de madera, con fuelles”. Todo se había iniciado con la amistad con un organero americano, que tenía en East Richmond un taller. “Lo habitual en Australia eran los órganos eléctricos. Había muy pocos mecánicos. En mis ratos libres hice dos de estos órganos”, el primero lo compró la Early Music Consort of Melbourne tras leer el anuncio que puso en el periódico The Age –recorte que aún conserva- y el otro, el organista de una iglesia. José Antonio y Hillary “aguantaron” tres años en Melbourne. No quisieron quedarse porque era  “como estar en la luna, un mundo aparte. Es una sociedad como la americana, muy fría y materialista, y la gente es un poco bruta”.
Añaños
Foto:Añaños en una imagen de su juventud.

De regreso
El siguiente trabajo fue en la Braun, en Esplugas, aunque ya entonces tenía metido en el cuerpo el gusanillo de fabricar órganos pequeños. Expuso uno en Casa Audenis, cerca del Conservatorio, “y me lo compraron unas monjas del barrio de Horta. Luego, las de una congregación de Vic me encargaron otro”. Un tercero fue para el auditorio de Palma de Mallorca. En esta época le conocieron dos grandes organistas, Montserrat Torres, que le pidió que le alquilara un órgano para el Palau de la Música, y José Luis González Uriol, que le aseguró que si se dedicaba a restaurar órganos tendría trabajo.

Esta afirmación sería la que motivaría su definitivo cambio de vida. “¿En serio, me darás trabajo?, le pregunté. Sí, sí, me respondió, y entonces, ni corto ni perezoso, en el 82 me dije ¡venga, dejo el trabajo!. Fíjate qué loco, dejar todo, el trabajo y la vida en Barcelona,  y venirnos con mi mujer aquí, a Berdún”, con todas las pertenencias cargadas en su 4L y una furgoneta.

La aventura era arriesgada, pero “a mi mujer le gustan estas cosas. Tenía confianza en mí y yo en ella, aunque nos salvamos de chiripa porque al principio,  no dominaba muy bien el oficio y además tenía que hacer las planchas para las trompetas”. Esta era una tarea complicada y que llevaba tiempo. Compraba lingotes de estaño en Barcelona y plomo en una chatarrería de Jaca y los fundía “a 300 grados en el butano, con una sartén. Ponía un 70 por ciento de estaño y 30 de plomo para las flautas de  exterior, las más brillantes, y  60-40 ó 55-45 para interior”. La mezcla la echaba en tolva cuando empezaba a cuajar, pero dar con el punto justo costó lo suyo y ahí no acababa la tarea, a continuación había que pulir la plancha y bruñirla con un acero que él mismo se fabricó.

Hace tiempo que compra en Alemania la plancha en rollos e incluso trompetas ya hechas, igual que ventolas y motores con cojinetes de bronce y baño de aceite, silenciosos, pero durante mucho tiempo su labor fue por completo artesanal. Conocía bien todo el proceso de construcción de un órgano y cada una de sus piezas porque se había documentado. Desde Canadá le llegó el método Ausley, de vuelta a España consiguió el método Tafall, del siglo XVIII. Se lo envió Fraga Iribarne de parte de su hijo, José Manuel Fraga, “con quien hice amistad en Burgos cuando empecé a hacer clavicémbalos y me compró uno el arquitecto del Ayuntamiento burgalés”. También adquirió el facsímil del maestro organero francés del barroco Dom Bédos de Celles.

Un cuarto de siglo
Pérez Añaños ha restaurado en 25 años unos cuantos órganos en Navarra y en Aragón -de todo su trabajo tiene fotografías, unas colocadas en la pared y otras, clasificadas en álbumes-. Los de Bolea, Gallur, Aguarón, Ainzón, Luna, el Santo Sepulcro de Calatayud, Encinacorva, Santo Domingo y San Martín y Santa María in Foris, en Huesca, y en La Jacetania, los de Berdún (de cuyo mantenimiento sigue ocupándose) y Hecho. En Navarra, los de San Jorge el Real y la Magdalena, en Tudela; Ochagavía, Barasoain, Aibar, Funes y Larraga.

Órgano de Siresa
Foto:Órgano de Siresa construido por Añaños.

En cuanto a los de nueva factura, “sobre todo he hecho para particulares”, pero también para templos, los de Alerre y Siresa. Todos tienen de cuatro a diez juegos con la idea de que puedan utilizarse en una iglesia pequeña, un conservatorio, un estudio o una casa particular. Ahora recibe pocos encargos. Asegura que ya ha pasado el “boom” iniciado en el 85, cuando construyó instrumentos –órganos, claves y espinetas- para profesores de los Conservatorios de Vitoria, San Sebastián y Valencia, y para varios músicos, si bien al decidir jubilarse recién cumplidos los 65 años –fue en mayo, y esperó hasta julio para entregar el órgano de Siresa-, ha tenido que rechazar la restauración del órgano de Peralta, y la construcción de uno pequeño para una capilla de la catedral de Pamplona, entre otros trabajos. “Tengo la zona  lumbar muy fastidiada, y sólo me han faltado los órganos de Larraga y este de Siresa,".

Le habría gustado que su hijo Sebastián, de 20 años, continuara el camino emprendido, pero no ha sido así, como tampoco lo ha retomado su hija, Ana Cecilia, de 24 años. Él lo comprende, no tiene más que remontarse a su propia juventud: “Las he pasado canutas y mis hijos no tienen esa capacidad de resistencia. Yo estaba en Barcelona de aprendiz y pedía dos meses de vacaciones en verano para venir a Berdún a ayudar a segar y a trillar sólo por la comida. Cuando volvía mis compañeros me preguntaban que en qué playa había estado”. Tiempo después, en el 91, con su hermano fallecido, decidió asumir las tierras de la familia, pero seguía sin tener madera de agricultor y además, con uno de aquellos tractores acabó de fastidiársele la espalda.

Esta lesión no le había impedido salir un buen oficial y “saber trabajar con limas, ser un buen ajustador, ser tornero, conocer algo de metalurgia para hacer las aleaciones y trabajar los metales,... ¡Quién lo iba a decir entonces! Todo me ha venido de primera para ser organero, porque es un trabajo que necesita, además de mucha paciencia, precisión”. Para redondear esta vocación tenía que ser además músico, algo que “me viene de genes. Benito López, padre de mi tatarabuelo por parte de madre,  vino de Jaca como organista a Berdún en 1813, y también por parte de Añaños, de Ansó, tengo un músico pariente, Sebastián Albero Añaños, que nació en Roncal, de madre ansotana. Fue un compositor clavicembalista y acabó en Madrid, en la Corte, en la época de los Scarlatti (de mediados del XVII a mediados del XVIII). En una biblioteca de Venecia se han encontrado sonatas de Albero Añaños y en Navarra han editado un disco con la interpretación de Teresa Chelo, una clavicembalista uruguaya”.

“La música es una pasión para mí. Me gusta toda, hasta el rock and roll, salvo este ruido de ahora. Y de la clásica, me entusiasman sobre todo las danzas del Renacimiento, los nocturnos de Chopin, las serenatas de Mozart o las cantatas de Bach, y lo que no me va es el dodecafonismo”, comenta quien de joven aprendió por su cuenta a tocar la guitarra y más tarde, el teclado, “con uno que me hice de cartulina y un método para niños que aún guardo”. Algún domingo toca el órgano en la iglesia de Berdún, pero reconoce que no se suele prodigar, como también asegura que jamás se ha arrepentido de haberse establecido en su pueblo natal.

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