Hay hombres que llegan a los lugares para quedarse. Hay hombres que un día deciden seguir el camino de la intuición, el arrebato del corazón, un olor que se enrosca en la memoria como el sabor de un bocadillo de calamares, y en vez de tomar hacia París, Roma o Praga, aceleran hacia Huesca. Monte y precipicio, celaje y montaña, angosta calzada por el desfiladero. Algo así podría ver ese peregrino que conduce con la cámara al hombro, con el ojo del ladrón de luces. Hay hombres que ven la ciudad, viven la nueva provincia casi metro a metro, y, sin darse cuenta, determinan quedarse. Y al hacerlo se confunden con la gente, la observan, la quieren.
Uno de esos hombres es Jacques Valat, que ha reordenado su vida y su mirada bajo la alargada sombra de los Pirineos. Él es un creador confiado: se sabe un alma errante, un explorador a caballo de dos mundos. Allá, Toulouse, Tarbes, Grenoble; acá, Huesca, las colinas nevadas, los bosques perfumados por la lluvia y el agua que corre. Fue retratista de los pescadores de atún, de los negros de Nueva York y de los judíos ortodoxos de Jerusalén. Es un discípulo joven, de intención humanista y curiosidad por las pequeñas cosas del existir y sus seres, de grandes maestros como Jean Dieuzaide, Robert Doisneau, Edouard Boubat, Brasaï y Willy Ronis. Nada menos. Los percibe como amigos, como cómplices, como un espejo de resplandores absolutos que otorga confianza en la alta noche de las incertidumbres. A Jacques Valat le gusta retratarse como “un fotógrafo autor” que combina las técnicas del reportaje con el retrato.
Manejó la Leica, y cámaras más convencionales, aunque también trabaja con una Mamiya 6x7 con la que realizó un estupendo trabajo, una de esas series donde prueba su entrega y su talento: “El rostro del Pirineo”, retratos de altoaragoneses, individuales, moradores como él que creen en el paisaje, en la iniciativa, en la ilusión por moverse y estremecerse. Habitantes de un territorio que saben forjar el futuro al ritmo de las estaciones. |
“Cara a cara”, rostros de aquí y de allá? Estos paisanos y vecinos siempre han confraternizado: son vástagos de un único y majestuoso dios de piedra y cielo. El Pirineo. Jacques Valat concibió un carné de identidad de una montaña, de un espacio irreductible, cargado de ecos, de magias, de una riquísima cultura. El Pirineo es un escenario, un paisaje en el que la belleza no cede ni un instante, es cierto, se desliza entre la evocación, la memoria, la rudeza y el latido diario de sus gentes.
El Pirineo es una mole de frontera con veredas y pasos que unen a los de allá y a los de aquí, hasta el punto de que ya no sabemos del todo quienes son unos y quienes son los otros. Todos son gente que vive, gente que sueña, gente que se atreve a mirar a la cámara de Jacques Valat. Una cámara que explora con dulzura y extrae el gesto revelador, la intensidad de los ojos, el ademán confiado a la orilla del río y entre los árboles.
Jacques Valat es un fotógrafo eminentemente realista. Sospecha que la realidad más fascinante y mágica es la de todos los días, la que podría parecer rutinaria. En el envés de los actos cotidianos se ocultan los pequeños prodigios, y en ocasiones están también en la foto. A Jacques Valat le gustan los oficios: presenta a la gente en su ámbito con una emoción directa, con sinceridad, con la forma escrupulosa del desnudo más definitivo. El desnudo del alma bajo un cielo barrido de nubes.
Valat, el amigo francés que ha venido para quedarse, el pasajero en la encrucijada, posee la elocuencia de la profundidad, el rapto y la energía de la sencillez. Esta muestra es un camino de intercambio, otra puerta que se abre en el muro. Y también es un nuevo viaje y un punto de encuentro en las montañas: la gente de aquí y la de allá se hermana en el arte, en el Pirineo, en Abizanda. Y siente arcilla, pedregal, sangre de la tierra y viento de una historia común que no cesa. |