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Destinos secretos del Alto Aragón (IV Ribagorza)

14-marzo-2010


Este es un reportaje de la revista El Mundo de los Pirineos, correspondiente al número 68, de marzo y abril de 2009. Con textos de Juan Gavasa y Ainhoa Camino, y fotografías de Gonzalo M. Azumendi, el trabajo presenta algunos de los destinos secretos del Pirineo oscense. Una quincena de pueblos, ubicados a pie de montaña, que no siempre se incluyen en las guías turísticas de este territorio. El reportaje ganó el Premio Literario Villa de Benasque, en la categoría de Registros Periodísticos, “Turismo de Montaña”, de 2009. Aquí os lo presentamos en cuatro entregas, una para cada comarca.


Tierras de misterio

Vista de Arén
Arén, vista desde el Castillo 
Atravesando el valle de Gistaín llegamos a la comarca más oriental, Ribagorza, un territorio que conserva también esa amalgama de historia, religión y naturaleza. Allí los tres se entremezclan para crear paisajes únicos, llenos de misterio y misticismo, con pueblos que son más de lo que a simple vista aparentan.

Eso es lo que sucede con Castejón de Sos. Hay que olvidarse de su calle principal, la travesía de la N-260, que los lugareños llaman El Ral, para sumergirse en el verdadero Castejón. Callejuelas estrechas y recónditas, callizos y pasadizos cubiertos, y algunos patios abiertos que se arremolinan en torno a una gran plaza que recuerda, por las escasas variaciones que desde entonces ha sufrido, los tiempos de finales del siglo XIX cuando el viajero Maurice Gourdon descubrió la localidad, entrada al valle de Benasque.

Este patrimonio escondido convive con una naturaleza que ha sido capaz de poner al pueblo en el “mapamundi”. Las limpias laderas que le rodean hacen presagiar que esas cimas tienen un uso más allá del montañismo. La sensación se intensifica si se visita la localidad, especialmente, en primavera, verano y principios de otoño. Extraños pájaros de colores vivos y dimensiones desmesuradas pueblan sus cielos. Y es que el parapente ha encontrado allí una de sus minas de oro. Según los expertos las corrientes de aire que sobrevuelan la zona son extraordinarias para la práctica del vuelo.

Esa convivencia de pasado y modernidad es una constante en la vida de Castejón. Su antigua iglesia conserva casi a la perfección las características con que se erigió en el siglo XVII. Sin embargo, su uso ya no es religioso, convertida ahora en centro cultural de la villa. El templo actual, como su ayuntamiento, han sido fruto de un desarrollo constructivo más reciente, pero que ha sabido no interferir en sus raíces.


Un paseo por las calles de Capella

Capella
Capella
Probablemente es en el valle de Isábena donde se concentra la mayor carga mística y religiosa de la Ribagorza a la que aludíamos. Así, la ruta nos aleja del muro pirenaico para acercarnos a un valle que acoge la mejor muestra de arte románico del Pirineo oscense y una naturaleza en la que apenas ha intervenido la mano del hombre. Las montañas enmarcan el norte y ante nosotros las tierras se vuelven llanas.

La combinación emociona y crea paisajes en los que el hombre se siente minúsculo. Un sentimiento que siguiendo aguas abajo el curso del río Isábena aparece de golpe al toparse con Capella. La localidad surge majestuosa apiñada sobre un montículo y detrás del espectacular puente románico de ocho arcos –aunque sólo se aprecian siete– que salva el río Isábena. Fue el segundo puente que existió en la provincia de Huesca y su imagen evoca las antiguas disputas vividas en estas tierras fronterizas entre los reinos cristianos y musulmanes. De hecho, desde allí el rey Sancho Ramírez logró reconquistar la actual capital ribagorzana, Graus, que dista a cinco kilómetros, de manos de los moriscos.

Esa historia empapada de religión ha dejado sus huellas en Capella. De su casco, apiñado alrededor de la iglesia de San Martín, llama la atención la torre del templo románico, que se estima perteneció a una iglesia románica anterior. Aunque es en las afueras, donde comienzan los campos que acogen las fincas de porcino (principal actividad), donde más se refleja la religiosidad de las gentes de Capella, en sus diversas ermitas. La más significativa para los lugareños es la de San Ramón, ya que según la leyenda el santo dejó marcada en una roca la silueta de una silla de montar mientras sonaban las campanas en la iglesia de Capella, que estaba vacía. El milagro motivó que se erigiera la ermita.

Seguimos este itinerario histórico hasta la capital ribagorzana, Graus, y siguiendo la huella de la trufa y los embutidos –allí se concentra el mayor volumen de industria agroalimentaria de la cordillera oscense– atravesamos Benabarre, para llegar a esas tierras de la Ribagorza donde el límite entre Aragón y Catalunya lo marca el curso del río Noguera-Ribagorzana.

Plaza de Arén
 
Plaza de Arén
Entre éste y el valle de Isábena, próximo a la Sierra de Sis, encontramos Areny-Arén. Como en todo este eje, sus habitantes hablan catalán y su ubicación, en el camino natural a Val d’Arán, hacen pensar que estamos en Lleida. Pero no, Areny-Arén, que formó parte del Condado de Ribagorza y fue plaza militar hasta el siglo XVIII, es una localidad de la Ribagorza aragonesa orgullosa de su personalidad.

Pasear por el casco antiguo es como recorrer el interior de un castillo medieval. Aunque es en lo alto del cerro, que resguarda a la localidad de los intensos vientos del norte, donde se encuentran los restos del verdadero castillo. Se estima que fue la primera fortaleza del Condado de Ribagorza. Hoy sólo un arco y los vestigios de una necrópolis anterior al siglo IX dan fe de ello. El paseo merece la pena: la ascensión es sencilla y la vista impresionante.

Su trama medieval recorre, por estrechas callejuelas, un conjunto urbano que alterna fachadas blancas, amarillo mostaza y granates, además de añejos empedrados. Declarado Conjunto Histórico Artístico, sólo se ensancha para acoger a la señorial plaza Mayor, presidida por la antigua Casa del Gobernador, reconvertida en el centro de interpretación de la Ribagorza.

Pero Areny-Arén tiene una historia aún más lejana. En las inmediaciones de la localidad existe un yacimiento paleontológico donde se han descubierto restos de hace 70 millones de años. Entre los más llamativos, los de un hadrosario completo, placas de tortuga y dientes de cocodrilo, animal del que se ha encontrado un cráneo completo. Esa prehistoria es la protagonista del museo de Dinosaurios que hay en la calle Mayor, ocupando el solar de la antigua Casa de la Villa.


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