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La Jacetania llora a Labordeta

19-septiembre-2010


La localidad de Villanúa, donde el polifacético profesor y cantautor, pasaba los veranos desde hace más de treinta años, está de luto por la muerte del que probablemente sea su hijo adoptivo más universal. La relación de José Antonio Labordeta con la Jacetania es muy fecunda. A José Antonio, al “Abuelo” era normal verlo pasear por las calles de Villanúa, de Jaca o de cualquier otro pueblo de nuestra comarca.


Según reconoció en varias entrevistas, el “Canto a la Libertad”, himno oficioso de Aragón y su canción más universal, lo compuso en su casa de Villanúa. “Estaba en la cama en mi casa de Villanúa y me levanté para escribir lo que mentalmente estaba componiendo para que no se me olvidara”, reconoció en varias ocasiones. En una de sus últimas entrevistas recordaba algunas de las deliciosas anécdotas que configuraron el apasionante pero complejo periodo de la transición democrática, cuando “en 1976, ya muerto Franco, fui a cantar a Ansó y la Guardia Civil prohibió al público que aplaudiera en el recital que sí que había permitido la autoridad”.

En su volumen de memorias, Banderas rotas (Ediciones B, 2001) contaba que el Rey Juan Carlos le preguntó de dónde le venía su vocación de cantautor: “Ya ve, de cantarles a las chicas de la Sección Femenina en un albergue de Canfranc”. Algo más adelante, añade: “Un día tendré que contar que mi primera canción, con letra y música de un servidor, la inventé y la interpreté una noche de desgarro surrealista en la casa del fotógrafo Tramullas de Jaca, mientras un ilustre profesor de la nada intentaba domesticar un perro lobo que huía de él como alma que lleva el diablo”.

La Jacetania fue una referencia constante en su vida. En Jaca tuvo grandes amigos, como el desaparecido pintor José Manuel Falcón, y participó activamente en la intensa vida cultural que ofrecía la ciudad durante el verano con los Cursos de Verano para extranjeros. Y en ese ambiente de multiculturalidad el restaurante Somport, que regentaba Falcón, fue el punto de encuentro, una isla de libertad en mitad del sopor franquista de la Jaca de los años 60. Solía contar Labordeta que su terraza “era como un barco varado en la orilla de la carretera que conducía al país vecino, que enfrentaba las miradas a la calle Mayor –“ya no la rondan chavales”- y que en los mediodías invernales, con el sol golpeando las cabezas de los contertulios, resultaba un lugar paradisiaco, mientras que en verano, recubierto con sus toldos, cobijaba a los profesores de la Universidad de Verano y a los alumnos y alumnas extranjeras -¡qué ricas estas últimas!-“.

En los años de la postguerra española su familia pasaba las vacaciones en Canfranc y Labordeta recordaba en “Canfranc. El Mito” (Pirineum 2005), las estrecha relación de amistad que su padre trabó con oficial alemán destinado en la estación internacional durante la ocupación francesa en la Segunda Guerra Mundial. “Aquél encuentro con el oficial alemán, profesor de lenguas clásicas en Munich, se sucedió durante todo el verano y el siguiente”.

Sus amigos en Villanúa recuerdan sus paseos y sus salidas al monte, y sobre todo su bonhomía y proximidad. En los mensajes que se sucedían en la web de Heraldo el día posterior a su fallecimiento se podía leer un mensaje escrito por Ignacio: “Día precioso en Villanúa; Collarada y la Bujaquera te echarán de menos; los demás nos consideraremos muy afortunados de haber compartido contigo paseos, charlas y tardes de verano…”

Su última intervención pública en la comarca fue para recoger en 2009 el premio Truco con el que la Jacetania le obsequió en el marco del Festival PIR. Colaboró unos años antes en el 75 Aniversario de la Sublevación de Jaca, en los actos que organizó el Círculo Republicano de Jaca, en una tertulia compartida con Julio Llamazares. Participó también en el Otoño Cultural, en aquellas jornadas organizadas por la librería La Unión, en un coloquio conferencia que compartió con Severino Pallaruelo. Estuvo también en aquel recordado concierto de oposición al recrecimiento de Yesa en el que casi un centenar de danzantes bailaron el palotiau de Lanuza y que se cerró con el “Canto a la Libertad…”

Labordeta estuvo siempre que se le llamó. Es algo que han destacado de él todos sus amigos. Ahí donde había una causa noble, siempre estuvo el abuelo. Asiduo colaborador de la editorial jacetana “Pirineum”, participó con un entrañable cuento en el libro colectivo “Pirineo. Un país de cuento” y en “Canfranc. El mito”. Como confesaba a Luis Alegre hace un año, “nunca sé decir que no cuando me llaman”. Los jacetanos lo llevaremos siempre en el corazón.


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